¡QUE SE VAYAN TODOS!

Ya uno no sabe cómo empezar un artículo sobre la corrupción en el Perú. Se han propuesto hasta el cansancio medidas para combatirla y denunciarla, se han fatigado discursos, dinero en comisiones y campañas, pero nada cambia. En el 2000 creímos que ya no volveríamos a vivir una crisis por corrupción tan grande como la tuvimos con el régimen fujimontesinista. Pero nos equivocamos. Pero claro, con solo ver a nuestra región Ancash ya uno se da cuenta que las cosas empeoran.

El presidente renunciante Pedro P. Kuczynski terminó su mandato envuelto en serias denuncias de corrupción. Lo peor de todo es que indultó ilegalmente a Alberto Fujimori, tras negociar con congresistas tránsfugas su voto de rechazo a la vacancia. Solo por este hecho merecía ser vacado. Además, y al margen de las siniestras intenciones de Keiko y Kenyi Fujimori, con lo cual los peruanos ya deberíamos desterrar a esta familia por el constante daño que le hace al Perú, PPK le mintió al país, se benefició comercialmente con Odebrecht siendo premier y ministro de Economía de Toledo, y apeló a prácticas montesinistas para captar hacia su ruedo a parlamentarios.

Pero siendo justos, él no es el único que debe irse. Los líderes políticos y ex presidentes, así como los dirigentes más próximos a ellos, que recibieron millonarios “aportes” de parte de Odebrecht, por confesión de Jorge Barata –el máximo representante de dicha firma brasileña en Perú- deben ser sancionados y expectorados del ámbito político. Desde Keiko Fujimori, pasando por Alan García, Alejandro Toledo, Ollanta Humala, hasta la izquierdista Susana Villarán.

El “Que se vayan todos” es la idea que abrazamos todos los peruanos decentes. Pero hay que precisar que la frase idónea debiera ser “Que se vayan todos los corruptos”. Refundar la política nacional pasa por jubilar, y sin sueldo, a los congresistas y dirigentes de partidos políticos, empresariales, gremiales y periodísticos, que recibieron dinero de la constructora Odebrecht, además de otros casos. Que se vayan todos, sí, y la mejor forma de lograrlo es a través de la convocatoria a elecciones generales en máximo un año. Sin duda, los desprestigiados congresistas, salvo honrosas excepciones, intentarán evitarlo apelando falsamente a la gobernabilidad, cuando lo que no quieren es renunciar a sus curules. Presidente Martín Vizcarra, el desafío está servido.

Pero esta consigna requiere de algo esencial, tal como ha ocurrido en todos los países que han vivido crisis políticas y económicas como la peruana: se necesita que la calle se pronuncie con multitudes, como en Brasil y Ecuador, Argentina y Bolivia. Lamentablemente, en el Perú se ha impuesto el conservadurismo más rancio e intolerante, ese que se indigna con los choros “color puerta” pero con los blancos choros “primero hay que escucharlos”, ese  que tiene en los canales de TV y las radios sus aliados más eficaces, ese que siempre cuestiona y etiqueta las marchas de protesta, presentándolas como violentas y promovidas por enemigos del desarrollo y las inversiones o peor aún por comunistas y senderistas, cuando en realidad son de las más pacíficas que se conozcan. O sea es el mismo miedo que desde los años 90 se quiere vender para mantener el status quo y dejar así que los poderosos sigan robando tranquilos. Aquí nadie apela a la violencia, pero sí a la justa protesta hasta que personas nuevas y honestas asuman los cargos públicos.

Por ello, en las próximas elecciones, aun cuando el sistema electoral mantenga a las organizaciones cuestionadas y les permitan postular, NO vote por ellas, NO vote por los candidatos conocidos, vote por rostros nuevos, claro antes investigue algo sobre ellos.

Y lo mismo para Ancash, vemos cómo personajes acusados por la ciudadanía de delitos de corrupción, como el alcalde y un ex alcalde de Huaraz, tantean como si nada sus candidaturas a la región, al igual que los alcaldes de Nuevo Chimbote y de la provincia de El Santa. Y en la misma línea, consejeros y ex consejeros regionales acusados de recibir dinero para votar por determinada causa, o acusados de usurpar funciones, o de llevar una vida licenciosa y sin pudor. No amigos, no se dejen sorprender, no más Waldos ni Álvarez. Apostemos por un o una profesional de trayectoria al servicio de su pueblo, con pergaminos en el ámbito laboral, y mejor si pertenece a una organización bien estructurada sin acusaciones de corrupción. Es hora de reconstruir nuestra región, nuestro país.

Comments

comments