Pomabamba, de naufragios y esperanzas

Por Pedro Flores Cueva.

Aquella tarde del 17 de setiembre de 1967, con la inauguración de la carretera a Pomabamba, la historia de este pueblo se partió en dos: era la cancelación de una etapa de postración y marginación y, el inicio de ansiados tiempos de prosperidad y modernidad.

Años atrás, aquellos hombres y mujeres que la concibieron y lucharon por realizarla, no imaginaron que la obra les depararía las más impredecibles paradojas.

¿Qué diría en este momento Isaías Izaguirre, aquel juez huaracino que trastoco la rutina conformista de un medio, proponiendo planes audaces de desarrollo? En los atardeceres de su vida longeva, insistía, con porfiada convicción: “la carretera fue concebida para una comunicación intensa y reciproca de los pomabambinos con otros pueblos. No fue hecha para el abandono, para la despoblación”.

Uno de los que no salía de su perplejidad era Emiliano González, soñador empedernido y cual pionero de la modernidad, en una provincia atrapada en el olvido, sorprendía a su gente, escéptica e incrédula, con las últimas novedades de la ciencia. Logro vivir algunos años para comprobar que la carretera no solo era progreso, sino, conllevaba la inevitable pérdida de su identidad, el trastrocamiento de su personalidad y el florecimiento de una nueva cultura. Recordaba, en su retiro limeño, aquella visita, en la década del cincuenta, de una comisión de pomabambinos al entonces Diputado Teofilo López Vidal, para reiterarle que accionara el tema de la carretera, como necesidad vital, prioritaria. La respuesta fue memorable: “para que necesitan ustedes esa carretera, cuando viajar a caballo es lo más hermoso. No hagan eso. Disfruten de su paisaje, no destruyan la naturaleza”. En verdad, aquellas palabras sonaron en ese momento como una majadería, como una herejía. Hoy, tienen la resonancia de una profecía.

Ironías de la vida: precisamente aquella juventud, con la vía servida, migraría de manera masiva hacia la capital. Dejaba sus querencias y la tierra de sus amores tras el señuelo del progreso.

La culminación de la obra daba inicio al recorrido de un camino cargado de esperanzas y promesas. Luís Tarazona, Director de Colegio Fidel Olivas, emocionado y acusatorio, decía: “Ya era tiempo de superar los factores adversos y negativos, cuyo punto de origen no le hemos hallado en otra fuente, sino, en la indolencia de quienes nos representan en el Congreso”.

A partir de aquel acontecimiento la realidad social, física, humana de Pomabamba fue adquiriendo una nueva y desbordante configuración. Familias enteras, en principio, las urbanas dejaban aquel pueblo, casi aldeano, bucólico.Luego, seguiría, en sangría

Vista parcial de la Plaza de Armas de Pomabamba

incontenible, la población rural.

Se iba la clase media provinciana. Se mudaba su clase dirigente. Partía la gente más cultivada y el llamado a ejercer el liderazgo cultural y político. Ilusionados y tras el espejismo por conocer y radicar en la capital, ya no trotaban por solitarios páramos ni por quebradas sofocantes, ahora, viajaban en raudos y atestados carros interprovinciales.

¿Quienes ocuparon aquel vacío? Irrumpieron gentes provenientes de otras y extrañas latitudes. Vinieron, en principio, los más cercanos: huaracinos y de otros pueblos del Callejón de Huaylas. Aquella incontenible caravana de precarios y ansiosos ocupantes lo conformaban chimbotanos, trujillanos, cajamarquinos. Asi, sucesivamente, el escenario pomabambino se convirtió en lo que hoy es: una urbe caótica y con una población que es la síntesis de lo que eufemísticamente se llama, de todas la sangres.

Pomabamba, cobijado en un recodo de los andes orientales, tierra de poetas, de románticos errabundos, que cantaban glorias y penas, más caídas que logros; de músicos pueblerinos que iban de comarca en comarca para alegrar el alma, contraída por el hastío, de su gente; de fiestas patronales inacabables, honrando a San Juan y San Francisco, santos hieráticos, pétreos; con procesiones bullangueras y coloridas, con danzantes que bailaban, en calles y plazas, infatigables, día y noche, al son de roncadoras exaltadas y pertinaces, pero profundamente monótonas, hasta terminar acurrucados, impregnados de tristeza y alcohol, en el atrio de una iglesia o en el poyo de una casa solariega. Provincia de castas fervorosamente antagónicas, tuvo una de las elites más cultivadas de la región conchucana, estaba tan confiada de su reinado que nunca imagino que en sus narices se incubaban los gérmenes del cambio.

Años después, en la década del setenta, cuando la provincia confrontaba los quemantes dilemas de la migración, irrumpe la reforma agraria, al calor de una predica revolucionaria militarista. Prometía al campesino no solamente tierra, sino libertad. En verdad, hubo de todo.

Un campesinado que no entendió nada de lo que se hacia a su nombre. Terratenientes que ya estaban debilitados, porque su clase dirigente había partido dejando tras de si haciendas y patrimonios. Una burocracia que pretendió ensayar un cooperativismo sin participación ni productividad. Lo que sembró fue ilusión en mentes no preparadas y carentes de capital y técnica.

Entonces, considerando en frio, (como diría Vallejo) la llegada de la carretera, en la década del sesenta y, luego, la reforma agraria, en el setenta, fueron los dos fenómenos que gestaron la híbrida y prosaica personalidad que ostenta hoy en día Pomabamba. La primera fue ensueño exaltado y demanda esperanzada de todo un pueblo. En cambio, la reforma apareció en un medio donde el movimiento campesino no había puesto aún en sus banderas de luchas la desaparición de las haciendas. Todo vino tan de repente que ni los hacendados se dieron cuenta de su presencia inexorable.

La imagen puede contener: 8 personas, personas de pie, exterior y naturaleza
Las Anacas Luceros son una expresión del rico folclor pomabambino

Cuando no se ama a la tierra

¿Cómo han cambiado los tiempos? Hoy, precisamente como consecuencia de estos dos hechos, ha surgido una nueva clase: los herederos de la primera oleada de migrantes y de los parceleros de las antiguas haciendas.

El gran ingrediente para esta transformación ha sido la educación. Ella ha democratizado intensamente a la sociedad pomabambina. Antes, señorial, elitizada, cargada de una inmensidad de prejuicios y convencionalismos, ahora, hay sectores muy prósperos, especialmente en el comercio y la empleocracia estatal. Antes el prestigio social se asentaba en la propiedad de la tierra, hoy, básicamente es en la educación.

Una de las instituciones donde se ha registrado el cambio es en la concepción del manejo de los municipios, como espacio indiscutido de representación popular.

Antes, el que arribaba a la alcaldía, tenía la absoluta certidumbre de servir al pueblo. La Ciudad de los Cedros era tan aldeana, que para el alcalde la población significaba la extensión de su familia. El poder local no era la plataforma para la exhibición vanidosa y, mucho menos botín para el fácil enriquecimiento. Las esposas, entre resignadas y realistas, eran las que objetaban la decisión del marido por sus implicancias en la economía familiar: iba ha salir más pobre de lo que entraba. Y así fue.

La cosa se pervirtió cuando el mandato fue rentado y, se agravó, cuando los recursos municipales aumentaron. Todos aspiran a las alcaldías y regidurías. Con la llegada del canon minero, el tema de las postulaciones ya linda en el delirio. Nunca antes, se había visto el florecimiento de sentimientos tan espontáneos y generosos para servir la ciudad. Todos quieren una cuota mínima del presupuesto municipal.

Es el retroceso a tiempos de la colonia. En ese entonces las alcaldías y regidurías se subastaban y ¿quienes la compraban?: encomenderos, hacendados, mineros y comerciantes. Lo hacían no por el afán de servir, sino, como medio de ostentar poder, de lucimiento social.

En verdad, ahora se ha invertido la figura: ya no se accede a ella desde la riqueza, sino, desde la precariedad para lograr fortuna y reconocimiento social. Ya no se compran los cargos; ahora, se invoca el voto popular y se apela a una masa de votantes, desinformada e incauta y susceptible de ser ganada con el dinero, con el alcohol y la butifarra, con la trapacería y el engaño, con la impune demagogia.

Ante este festival de mal manejo, la población vacunada contra toda rebeldía e impregnada de resignación, se consuela en el chismorreo de media voz. Un vecindario arropado en una tibieza que lo incapacita para cuajar una mínima organización que apunte a la defensa de sus derechos. De esta manera, se comprueba la ausencia de un liderazgo, precisamente porque en los últimos tiempos los sentimientos de pertenencia a una tierra, de identidad con una heredad, se han diluido de manera clamorosa.

Fragmento del artículo publicado en la revista Prensa Ancashina, edición 135 del año 2009.
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